| | n ninguno de los refugios que paramos se cerraban las persianas por la noche, es decir que con los primeros rayos del sol la habitación se ilumina, aunque a decir verdad, cuando amanece, más o menos 6.30 ya mucha gente partió, y por mucho que se empeñen en no hacer ruido, uno se despierta temprano, es el único momento del día que hay que esperar por un baño desocupado, nosotros generalmente esperábamos que saliera la mayor cantidad de peregrinos, que es entre las 6 y las 7 y después nos levantábamos, como dormíamos vestidos, en diez minutos estábamos listos. Recuerdo que lo primero que hacía cuando me levantaba, era apoyar bien los pies, hacer alguna flexión tratando de testear el más pequeño dolor o molestia que pudieran aparecer, pero de la primer jornada, gracias a Dios no habían quedado rastros, ni siquiera de cansancio, todo lo contrario, levantarse y enfrentar el desafío de un nuevo día de marcha era todo un placer.
Este refugio tuvo un detalle que después no se repitió en otros: nos ofrecieron desayuno, Había de todo como para tomar un buen desayuno, después uno debía recoger y lavar todo lo que usó, eso sin habernos cobrado nada. A las 7.30 en punto del 30 de junio de 2000, estábamos ya en medio de la ruta, pues nos esperaba una etapa bastante dura, nos esperaban 3 horas de marcha todo en subida, hasta, coronar la cumbre del legendario monte Irago, la mitad de la caminata del día se hacia por ruta, pero con muy poco tránsito de vehículos, y la otra mitad por senda. Cuando salimos, una cinta asfáltica interminable y siempre ascendente, nos estaba esperando, el sol muy bajo sobre el horizonte, proyectaba una sombra de nosotros sobre la carretera, de 15 ó 20 mts. o más si se proyectaba sobre la ladera de la montaña, me embelesaba ir caminando y mirando nuestras sombra que siempre fiel nos seguía. El paisaje es imponente y sobrecogedor, tenemos a nuestros pies la maragatería en toda su extensión.  | Foncebadón: Pueblo mítico, del cual solo quedan ruinas, aunque empieza a despertarse como el Ave Fénix. | Después de una hora de camino llegamos a Foncebadón, un pueblo que fuera muy importante en otra época, parece que ni la revitalización del Camino de Santiago pudo evitar que desapareciera, aunque al pasar he visto que se están haciendo unas obras, no se si será un refugio de peregrinos, un restaurante, o un hotel, pues con el surgimiento del turismo rural no sería raro que pusieran un hotel. Después de mucho mirar y escudriñar por todos los rincones comprobé que en Foncebadón no había perros negros monstruosos, ni brujas, era una mentira novelesca más de los escritores que "usan" El Camino de Santiago para contar una novela que la podrían ubicar en cualquier otro lugar, y con sus historias fantásticas confunden al futuro peregrino que tiene inquietudes y necesita información real de la Ruta Jacobea. Este pueblo tiene una historia muy curiosa, desde hace mucho tiempo tiene una sola habitante, una mujer ya mayor, se llama María, como el pueblo está en ruinas , querían llevarse la campana de la iglesia y ella se oponía, como ella no permitía que la sacaran una vez, fue el Ejercito para llevarse la campana, ella subió al campanario y les dijo que mientras ella viviera no se iban a llevar la campana, y aún hoy Foncebadón tiene una iglesia con campanario y campana. Si bien no habíamos caminado mucho se hacía bastante pesado el camino, a la salida de Foncebadón la subida es bastante empinada, y las piernas lo sienten, este tramo lo hizo con nosotros un hombre mayor, francés, que estaba haciendo un terrible esfuerzo por seguir adelante. Con Nora comentábamos que ese hombre no podría llegar al próximo refugio, y eso que no sabíamos como tenía los pies, eran una llaga viva, llevaba con él toda una artillería de pomadas y cicatrizantes, debe ser otro de los misterios de la fe, ese hombre de alrededor de 70 años que parecía que en las condiciones que tenía los pies no podría caminar media hora más, siguió nuestro ritmo de camino por dos o tres jornadas más, después lo perdimos, no se si adelante o atrás.  | Cruz de Ferro: Esta Cruz la erigió en el siglo XI el monje Gaucelmo, para orientar al Peregrino en la cumbre del Monte Irago | Poco después llegamos a uno de los puntos míticos del Camino de Santiago: La Cruz de Ferro. Es una sencilla cruz de hierro montada sobre un enorme tronco y éste a su vez clavado sobre un "milladoiro", una montaña de piedras que a través de los años han ido depositando los peregrinos como una ofrenda, como un ruego a Santiago para que les permita llegar a su santuario. Desde unos trescientos metros antes de llegar no se consigue una piedra en el camino y eso que estamos en un lugar eminentemente pedregoso, así que si quieren ofrendar una piedra a la Cruz de Ferro, llévenla desde mucho más atrás o caminen un poco adelante para poder conseguir una. Al llegar acá sacamos las fotos de rigor y descansamos por lo menos media hora pues veníamos muy cansados. Atrás de la Cruz de Ferro hay una pequeña capilla dedicada al Santo Patrón. En esta parte del camino ya vimos más peregrinos que el día anterior, empezábamos a coincidir con los horarios de la mayoría.  | Cruz de Ferro: Esta Cruz la erigió en el siglo XI el monje Gaucelmo, para orientar al Peregrino en la cumbre del Monte Irago. | Recuerdo que este día además de cansados estábamos aburridos, pues nos pasó una cosa rara que después no nos pasó nunca más; al salir de Rabanal empezaron a zumbar alrededor de nuestras cabezas un centenar de moscas, revoloteaban alrededor nuestro provocando una fatiga extra al difícil camino que teníamos ese día, poco importaba que tratáramos de espantarlas, o que nos detuviéramos un rato, era imposible deshacerse de ellas, 8 penosos kms. que nos vinieron martirizando. Cuando salimos de la capilla de Santiago habíamos perdido a nuestras infatigables compañeras de viaje, ¿una mano del más allá?. Cuando llegamos a la Cruz de Ferro se habían juntado casi 20 peregrinos, estaba la familia inglesa, estaba un grupo de muchachos que habían dormido al lado nuestro en Rabanal , estaban, un valenciano, el francés que le comenté antes, y varios más, todos conocidos del refugio, cuando nos fuimos solo quedaba el pobre francés con sus pies llagados, sentado a la puerta de la ermita, rodeado de gasas, vendas, cremas y ungüentos, en la media lengua en la que nos comunicábamos le ofrecí ayuda, me lo agradeció y me dijo que me fuera tranquilo. Retomamos el Camino poco antes de las 11, inmediatamente coronamos el monte Irago, la parte más alta, no solo de la zona sino de toda la Ruta Jacobea, 1570 mts., no contentos con esto nos salimos del camino, y por un cortafuego, subimos a la cima , al lado de una antena retransmisora, aquí si que teníamos media provincia de León al alcance de nuestra vista, podíamos girar 360 grados y nada nos tapaba la visual, por primera vez vimos los montes de Galicia, con todo El Bierzo de por medio, de acá en adelante por el resto de la jornada, todo era bajar. Anduvimos 300 mts. por el cortafuego, con la dificultad que esto significa, pues es todo tierra removida, hasta poder retomar nuevamente el camino. A medida que pasaban las horas parecía que uno ganaba en confianza, se sentía más seguro, más afianzado, no por ello dejaba de tomar todas las precauciones, por que el fantasma de la deserción rondaba en torno nuestro, en muchos compañeros de viaje. Seguíamos caminando más cerca del cielo que nunca, y tal vez por eso nos tocó vivir uno de los momentos más emocionantes del todo el Camino. Al salir de uno de los recodos que nos presenta la montaña, escuchamos tañer unas campanas que nos daban la bienvenida al abandonado pueblo de Manjarín. Se me puso la piel de gallina y mi emoción llegó casi hasta las lágrimas. Para entender esto hay que situarse en el lugar que estabamos, desde que habíamos salido bien temprano, no habíamos cruzado ni visto ningún lugar poblado, solo peregrinos, estabamos en la cresta de una cadena montañosa, solo la naturaleza, Dios y nosotros, de repente escuchar que alguien te da la bienvenida en el medio de la nada, que se yo, tal vez haya que estar ahí para poder comprenderlo. El que nos daba la bienvenida era Tomás, con su camisola con la cruz de los templarios, tal vez el hospitalero más representativo de todos cuantos hay a lo largo del trayecto. Ni bien llegamos nos ofrecieron café, agua, masajes, pomadas, curaciones, ah!! y todo esto por una contribución a voluntad, hasta las botellitas de agua mineral fresquitas que nos llevamos para más adelante. Es tal vez el refugio más pobre y más falto de comodidades que hay en todo el Camino , pero seguro que es el que todavía conserva el espíritu medieval, que es casi imposible de conservar en esta globalización social y económica que nos toca vivir. Estuvimos un rato en el refugio, pues había muchos peregrinos, y Tomás y los muchachos y chicas que atienden el refugio eran muy agradables, le estuvieron haciendo masajes al pobre valenciano que no podía con su alma. Mientras estábamos charlando, para sorpresa mía, vi pasar al francés que siguió de largo .  | Manjarín: En medio de un pueblo en ruinas se levanta este humilde Refugio en las estribaciones de la Maragatería. Con nosotros Tomás, el hospitalero. | Me hubiera quedado un rato más, pues el ambiente era muy bueno, en esos momentos es cuando uno va conociendo a sus compañeros de viaje, digo que me hubiera gustado quedarme más pero no es conveniente, le pedí a Tomás si se sacaba una foto con nosotros a lo que accedió gustoso, nos despedimos de él de sus compañeros agradeciéndole por todo y seguimos nuestro camino. Al poco de salir de Manjarín, por indicación que Tomás le había dado a otro peregrino, nos salimos del camino y tomamos una senda, bien salvaje y medio inhóspita que corría cerca de la carretera.  | Pueblo de El Acebo: Espectacular entrada al Bierzo, por primera vez en el Camino se divisa, Galicia aunque queden dos dias de dura marcha para llegar a ella. | Poco después llegábamos al pueblo de El Acebo, que es la puerta de entrada a El Bierzo, otra comarca de fuerte personalidad. Es una especie de gigantesca olla toda ella rodeada de montañas, lo que le otorga un microclima muy especial, Una comarca muy rica atravesada transversalmente por el Río Sil, y propicia para la cosecha de los frutales y la vid. Entramos al pueblo que cuenta con una de las calles más pintorescas de toda la zona, y se accede a ella desde un promontorio con un desnivel muy pronunciado y muy difícil. A esta altura del día (13 hs.) el calor era muy intenso, entramos en un bar, tomamos un refresco, y continuamos viaje. En este pueblo no se donde perdí mis anteojos de sol. Al poco de salir del pueblo al lado de la ruta en un lugar con un poco de sombra, almorzamos, ¿saben que? la cecina que había comprado en Astorga, lo que me quedó lo tiré al día siguiente.  | Calle Real de El Acebo: Una de las calles más pintorescas de esta región. Flores en sus balcones y en su piso de piedra, flechas amarillas que nos indican el Camino a seguir. | Estábamos teniendo una jornada calurosa igual que el día anterior, estábamos muy cansados, pero sin dolores puntuales , ampollas o algún tipo de herida, el cansancio se cura fácil, pero cuando hay algún tipo de lesión, se complica más el asunto. No perdimos mucho tiempo en comer, porque, aunque sea arrastrándose lo único que uno piensa es llegar al refugio, cuando salimos decidimos que no pararíamos más hasta llegar, aunque tal vez faltaran más de dos horas. Al retomar el camino, tuvimos que meternos por una senda llena de piornos. La senda era imaginaria porque estaba toda tapada por esta planta, había que abrirse camino con el bordón. Si uno miraba para adelante, veía una ladera de montaña cubierta de vegetación, pero si miraba para el suelo distinguía la senda. El piorno es una planta pajosa propia de monte que debe tener una altura de 1 mt. y medio. Parecía que estábamos en el impenetrable de una selva , en la que hay que abrirse paso a machetazos, solo que acá la vegetación era distinta y con apartarla era suficiente para poder pasar. Al concluir nuestra aventura selvática llegamos a un pueblo muy bonito, típicamente berciano: Riego de Ambrós. No nos detuvimos al cruzarlo, solo lo necesario como para apreciar su encanto. Recuerdo tres cosas de este pequeñísimo pueblo, una ,es que en medio de sus calles había un cerezo tan cargado, que sus ramas parecía que se iban a romper, cuando estaba debajo de él mirando ávido de sus cerezas, una de ellas cayó a mis pies , se imaginan que no la dejé ni rodar dos segundos, con toda la agilidad que me permitía mi cansado físico, me agache y antes que Nora me pudiera decir que no la vaya a comer sin lavarla, la estaba saboreando como un manjar que me mandó el cielo , o ¿Uds. lo dudan?. Debo aclarar que después crucé todo El Bierzo y no volví a ver un cerezo con frutas pues una helada muy grande las quemó todas. La segunda cosa que recuerdo era una calle muy empinada, tan empinada que era una escalera, muy adornada con flores y me hizo acordar a la Plaza España de Roma. Y la tercera fue la salida del pueblo, en la cual se desciende a un barranco muy pronunciado, en donde se estaba muy a gusto , pues estaba todo totalmente tapado de vegetación y había varios surcos de agua, y nosotros veníamos de dos días de ver muy poca vegetación y casi nada de agua, y de golpe y porrazo casi sin darnos cuenta nos metimos en un vergel. Al salir de aquí se cruza la carretera y nos metimos en uno de los finales de etapa más difíciles que nos tocó. Para llegar a Molinaseca que era nuestro destino por ese día, se podía ir por la carretera rodeando un profundo valle o cruzarlo, y el Camino de Santiago en las guías indicaba el camino más corto, pero más difícil, como el que había que seguir. Quiero aclarar que siempre respetamos lo que nos indicaba la guía aunque supiéramos que era lo más difícil, hay mucha gente que rodeaba un poco más, pero prefería la carretera. Como dije antes fue una etapa muy difícil, un camino muy empinado, con piedras muy grandes que no nos permitía ni siquiera delinear una senda, a veces no se podía caminar y había que descolgarse de los peñascos, era una bajada en muchos tramos de 45 grados, cuando llegamos al fondo del valle por donde corre un arroyo, estaba el valenciano, tirado en el piso y alguien que no era peregrino le estaba haciendo masajes, le preguntamos a este hombre que le pasaba y nos dijo que le había agarrado como un calambre pero que no nos preocupáramos que después de los masajes podría caminar. Este hombre debe ser alguien de la zona que sabiendo la dificultad que esta etapa supone, siempre habrá alguien que lo necesite. Una vez cruzado el fondo del valle la senda se hace más paralela al río, pero sigue siendo un tramo muy complicado. Saliendo de este valle y cuando nos encontramos con la carretera apareció ante nuestros ojos Molinaseca, habíamos llegado más cansados que el día anterior. No hay peor cosa que ver el lugar donde uno va a parar y no llegar nunca a él, esto nos pasó un poco aquí, pues para llegar al refugio había que cruzar todo el pueblo y salir casi medio km. Así y todo con el cansancio que llevábamos, pudimos apreciar lo bello que era este pueblo que conjuga perfectamente, el encanto y el misterio de un pueblo antiguo, con las comodidades y confort de un pueblo moderno. El refugio era municipal, nos cobraron 500 ptas. c/u, no era muy grande pero estaba muy bien acondicionado. Llegamos alrededor de las 4 de la tarde y después de inscribirnos y sellar las Credenciales nos fuimos a acostar un par de horas. Aquí mi momento de meditación lo dejé para después, pues al ratito de acostarme me quedé dormido. A la 18 me levanté y me duché, Nora se encargó de lavar la ropa en la lavadora y se hizo muy amiga de una mujer que también iba con el marido, que ya habíamos coincidido en Rabanal,(María y Antonio) y al lado de mi cama estaba el pobre valenciano que no podía más con su pierna, después supimos que fue hasta Ponferrada a tomar el autobús para volver a su casa. Después de bañarme todavía bastante cansado y dolorido salí a dar una vuelta por el refugio, ya estaba casi completo. Habían habilitado unas literas afuera del edificio, bajo unas galerías, allí habían acomodado a la familia inglesa y a otra gente. También habilitaron unas carpas en un terreno aledaño, allí estaban el grupo de muchachos que durmieron al lado nuestro en Rabanal. Con nosotros estaba el viejo francés con sus pies ampollados, y estaba otro señor francés que se llamaba Gerard y que de aquí hasta Santiago hicimos casi todas las etapas juntos. Cuando digo juntos, es que coincidíamos en los refugios y nos adelantábamos mutuamente en algún lugar del trayecto. Y lo mismo nos pasó con un montón de gente, que nos saludábamos, con algunos charlamos, con otros simplemente intercambiábamos un "buen camino". Yo debo reconocer, que no soy muy sociable y me cuesta integrarme, pero en líneas generales, por más que en los refugios se formaran amenos grupos, en la caminata todo el mundo iba solo, quiero decir con su pareja, con su compañero, pero nunca en grandes grupos, creo que a todos nos gustaba la soledad del camino. Nora y yo nos pasamos casi todo hablando, pero en algunos momentos se producía un silencio de media ó una hora, y ni nos dábamos cuenta , pues en la mayoría de los casos estábamos embelesados, disfrutando el paisaje, mirando los sembrados o la naturaleza, o buceando en nuestro propio interior y muchas veces acordándonos de nuestros hijos. Quiero insistir con el ambiente que se respiraba en los refugios que era de total camaradería, si alguien en algo podía ayudar al que estaba al lado, seguro lo haría. Pero también había momentos que había que poner orden, recuerdo que al viejo francés, el hospitalero le llamó la atención por que andaba en slip por la habitación y trató de explicarle que eso en España no se usaba(el andar delante de la gente en paños menores), el hombre entendió y enseguida se vistió, son las cosas que pueden suceder cuando hay un encuentro de culturas diferentes. Cuando Nora terminó con la ropa nos fuimos hasta el pueblo, y lo pudimos recorrer un poco más tranquilos sin los apuros del cansancio extenuante.  | Molinaseca: Puente Romano sobre el río Meruelo, en un pueblo de una belleza incomparable. | Es un pueblo hermoso, a la entrada está el Santuario de las Angustias, casi metido en la ladera de la montaña, que lo estaban arreglando, se cuenta que este santuario tenía unas hermosas puertas de madera tallada, que tuvieron que forrar con chapas de hierro por que los peregrinos le arrancaban astillas para llevárselas de recuerdo. Después hay que cruzar sobre el río Meruelo un puente romano, el cual se encuentra en muy buen estado de conservación y al lado del puente tienen embalsado el río y se usa como piscina municipal, nosotros llegaríamos a las 20 hs. y estaba lleno de chicos y chicas bañándose, al lado hay como un parque en el cual nos sentamos y estuvimos un buen rato disfrutando del ambiente pueblerino y un marco paisajístico realmente bello.  | Recorrimos el pueblo que no es muy grande y a las nueve fuimos a cenar. Lo hicimos en un restaurante que daba al parque, al balneario, al puente, y se veían todas las montañas que rodeaban el lugar, ¿que más podíamos pedir?. Y como si esto fuera poco, cenamos como reyes, de entrada unos entremeses, pues Molinaseca es famosa por sus chorizos, y realmente estaban muy buenos, y después un salmón rosado a la plancha con patatas y postre y vino. Ya habíamos terminado y nos costaba arrancar para el refugio, primero de todo porque las piernas no respondían con normalidad y después por que estábamos muy a gusto en ese lugar. De todas maneras a las 22.30 llegamos al refugio y lo hicimos junto con María y Antonio que hicieron lo mismo que nosotros solo que cenaron en otro restaurante. | |