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"Sueño" Diario de un Peregrino - Etapa IV
 
 


e desperté temprano, era de noche, el chino ya estaba listo para salir, serían las 6.00 hs., empezaba a sentirse el murmullo de los preparativos, algo me dio tranquilidad, no llovía. En la cama trataba de moverme, testeando como respondían mis músculos, movía los pies a ver si ese dolor que tenía en el empeine seguía molestándome, pero era imposible darme cuenta de mi estado si no me ponía de pie, pero no quería bajarme de la cama, para no tener que subir otra vez, la miraba a Nora pero parecía dormir, estaba impaciente por saber como reaccionaría nuestro cuerpo, aunque tampoco quería levantarme tan temprano.

El movimiento de los preparativos seguía incrementándose, quería levantarme pero tenía miedo, pasaban los minutos, y no se hacía de día, por la hora que era, me di cuenta que debía de estar muy nublado. Cuando la habitación ya casi estaba vacía nos miramos, como preguntándonos , ¿que pasará?, y con una seña nos dijimos, arriba, o mejor dicho, abajo. Con gran cuidado y utilizando las camas de abajo para apoyarnos, pues ya no estaban ni el chino, ni el francés, nos incorporamos, empezamos a dar pequeños pasos por la habitación como si fuéramos bebés que recién empiezan a caminar, con el miedo y la inseguridad de los primeros pasos, con gran sorpresa comprobé que mis dolores habían desaparecido por completo, y de pronto empecé a caminar normal, como si de repente me hubiera acordado de como hacerlo, la miré a Nora con miedo de lo que me pudiera decir, pero con gran sorpresa escuche: "no me duele nada", elevé mis ojos al cielo y le di las gracias a nuestro inseparable compañero de viaje, la señales seguían apareciendo en nuestro derrotero.

Diez veces le pregunté si estaba segura que no le dolía nada, y ella a modo de respuesta caminaba por la habitación demostrándome que lo podía hacer sin ninguna dificultad. Entonces, no había tiempo que perder, nos preparamos y a las siete en punto, estábamos con nuestra mochila al hombro dispuestos a comenzar una nueva jornada de caminata.

Antes de salir nos habíamos asomado al balcón y vimos que estaba muy feo, aunque no llovía, pero fue poner un pie en el umbral del refugio y se largó a llover, habíamos caminado un pequeño tramo y la lluvia arreciaba así que bajo el alero de una casa medio derruida frente a la Puerta del Perdón tuvimos que ponernos el chubasquero, lo que significaba, sacar la mochila y tratar de buscar en su interior, esta prenda que nos protegiera de la lluvia. No era muy cómodo caminar con esta capa, aunque, protegía bastante.

Para salir de Villafranca, previamente hay que cruzarla, mientras lo hacíamos pudimos apreciarla, dado que el día anterior, recorrimos muy poco, también buscábamos un bar donde poder desayunar, como era domingo no había nada abierto. Cada vez la lluvia caía con más intensidad, pero la alegría que teníamos de poder caminar bien nos hacía olvidar las inclemencias climatológicas.

 

Villafranca del Bierzo:
Vista panorámica de esta histórica villa, en una mañana lluviosa.

Antes de salir de la ciudad hay que cruzar un puente sobre el río Burbia, a esta altura llovía bastante y caminábamos uno delante del otro enrebujados en nuestra capa mirando para el piso, cuando terminamos de cruzar el puente caminamos unos pocos metros, cuando vemos en el piso una flecha amarilla que nos indicaba que teníamos que girar a la derecha, levantamos la cabeza miramos el camino que indicaba la flecha y nos miramos como diciendo ¿por aquí, tenemos que subir?, era una calle con una inclinación que creo que un coche no podía subir, no había tiempo para dudas, así que respiramos hondo y nos dispusimos a engarriar, pensamos que sería un pequeño trecho, pero anduvimos mucho por esa interminable cuesta, al principio en los lados de la calle había casas, pero al poco de subir, ya estábamos en medio de piedras y árboles.

Por la guía sabíamos que era malo el camino y como ruta alternativa indicaba la carretera, pero como siempre decidimos el verdadero Camino, aunque fuera más difícil. Por supuesto que no me detuve a tomar el tiempo pero calculo que echamos una hora para hacer menos de dos kms., cada 50 mts teníamos que parar, y la subida no se acababa nunca. Pero todo sacrificio tiene su beneficio, a medida que íbamos subiendo aparecían ante nosotros unas magníficas vistas de la ciudad que recién abandonábamos, la lluvia no paraba, pero estábamos contentos, felices, cuando salimos del refugio y se largó a llover, ni se nos cruzó por la mente parar hasta que cesara la lluvia, queríamos seguir, estábamos ávidos de nuevos caminos, de nuevas experiencias, y nada nos detendría hasta llegar a Santiago.

A las dos horas de salir dejó de llover, ya a esta altura del día, que sería muy largo, estábamos cansados y teníamos hambre, pues no habíamos desayunado, y lo peor, que como íbamos por el monte por un buen tramo no tendríamos donde tomar algo. Ante esta realidad, cuando paramos para sacarnos los chubasqueros, aprovechamos y sacamos de la mochila un paquete de galletas maría que teníamos de hacía dos días. Se nos hacía imposible tragar aquellas galletas, pues no teníamos nada para tomar. La senda transcurría por la ladera de la montaña, teniendo siempre a nuestra izquierda una vista fabulosa de la carretera.

Y daba la casualidad que en la misma época que nosotros fuimos estaban en obras en la A-VI, una obra realmente faraónica, unos movimientos impresionantes de tierra, laderas de montañas que tuvieron que rebajar, hondonadas que tuvieron que rellenar, inmensos viaductos para salvar grandes profundidades, montañas truncadas, para sacar piedra molida para hacer la cinta asfáltica. Estuvimos muy entretenidos mirando las obras, claro que a una distancia bastante grande, las grandes máquinas viales parecían pequeños juguetes que teníamos que esforzar la vista para distinguirlos. Cuando mirábamos para atrás teníamos una excepcional vista de Villafranca que no estaba muy nítida por la bruma y la lluvia.

Les conté del paisaje que teníamos a lo lejos, pero el cercano no era menos interesante, pues gran parte de este camino en la cumbre de la montaña estaba rodeado de grandes extensiones de castaños, caminábamos tratando de descubrir aquel árbol más añoso, aquel cuyo tronco fuera más grande, y había algunos ejemplares muy grandes, supongo que muchísimos de ellos varias veces centenarios. Kms. y kms. rodeados de castaños y nada más que castaños, pues no había otra cosa.

Después de mucho caminar mi guía me indicaba que nos acercábamos a un pueblo, teníamos ganas de tomar un buen desayuno, pues también estaba fresco y algo caliente no nos vendría nada mal. A lo lejos divisamos el pueblo, que se llamaba Pradela, que si bien no queda en el Camino hay que desviarse unos 200 mts.. Entramos al pequeño pueblo tratando de distinguir los típicos carteles que te indican donde está el bar, pero los carteles no aparecían por ninguna parte, encontramos a un hombre ya mayor que estaba en el portal de su casa y le preguntamos donde estaba el bar del pueblo, a lo que nos contestó que en aquel pueblo no había bar. El humeante café con leche que llevábamos en nuestra imaginación se desvaneció de golpe. Le pregunté al hombre si me permitía llenar de agua unas botellitas vacías que siempre llevábamos, y con eso nos tuvimos que conformar. Recurrimos a nuestro paquete de marías que ahora ayudados por un buen sorbo de agua podríamos tragar.

Con resignación continuamos nuestro camino, en el cual no habíamos cruzado muchos peregrinos, 3 ó 4 cuando salimos de Villafranca, uno de ellos Gerard. Después hablando con unos y con otros supimos que la mayoría había optado por ir por la carretera. Yo a pesar de lo agotador que fue el tramo estaba contento de haber ido por arriba, pues los paisajes que disfrutamos son impagables. Además ese tramo de carretera está muy transitado, hay mucho tráfico pues no está habilitada la Autopista, hay que tener mucho cuidado con los coches y no se disfruta del entorno.

Ibamos muy despreocupados disfrutando de nuestras marías, cuando vimos que las flechas nos desviaban del camino hacia una pequeña senda que bajaba a las profundidades del valle. Allí me di cuenta que me costaba mucho más bajar que subir, cuando dicen que para bajar todos los santos ayudan, es mentira, mis rodillas no resistían , ahora era yo el que tenía que parar cada 100 mts., bajaba prácticamente con mi cuerpo apoyado sobre el bastón que realmente no es un bastón, se llama bordón. Si yo no hubiera tenido el bordón ese tramo lo tendría que haber hecho de culete, pues mis rodillas no me hubieran resistido. Ahora era Nora la que tomaba la delantera y yo el que tenía que pedir que me esperara, a mí se me daban mejor las subidas y a ella las bajadas.

Recuerdo que cuando llegué a la carretera, que hasta allí bajaba aquel endemoniado sendero por un par de kms. tenía un dolor muy fuerte de rodillas, no podía caminar normalmente, este dolor de rodillas, aunque esporádicamente me siguió acompañando el resto del Camino. Este último tramo en bajada fue para mi uno de los más duros de toda la peregrinación.

Ahora podíamos ver las obras de cerca, pasamos por debajo de un puente que se estaba montando (no ese día porque era domingo y no había obreros trabajando), poco después tomamos la carretera. Al rato ya cerca del mediodía tomamos ese desayuno que tanto se hizo desear, en un restaurante que hay sobre la carretera, también aproveché para darme unas buenas friegas con la pomada, sobre mis rodillas. Después de un reparador descanso, continuamos viaje.

Hasta ahora no teníamos muy claro hasta donde llegaríamos ese día, nos parecía muy largo seguir hasta Galicia, pues la subida a O Cebreiro, está señalado como uno de los tramos más difíciles del Camino, pero tampoco nos queríamos quedar en las estribaciones de la montaña y tener la preocupación para el día siguiente. Nuestra recuperación fue buena, después del descanso empezamos a caminar bastante enteros.

Poco antes de dejar la carretera para dirigirnos a Ambasmestas había una casa con un cartel que decía "hay cerezas" y me dije: no me voy a quedar con el antojo, así que fuimos y nos compramos medio kilo, nos las hicimos lavar y nos las fuimos comiendo por el camino. Era una imagen acuñada largamente en mi cabeza, ir de peregrino a Santiago por El Bierzo, comiendo cerezas.

 

Vega de Valcarce:
Espectacular vista del viaducto de la Nacional VI sobre este hermoso pueblo berciano.

A medida que íbamos caminando, las grandes montañas se nos venían encima, hasta ahora siempre la senda encontraba el paso salvador que evitaba tener que subirlas para pasarlas, pero aquí esos pasos no existían y si queríamos ver Galicia tendría que ser desde lo alto. Todavía nos quedaban por cruzar grandes obras de la nueva carretera, como el inmenso viaducto sobre Vega de Valcarce.

A esta altura del Camino nos encontramos, con tres peregrinos con los cuales fuimos hablando por más de 1 hora. Era un matrimonio de unos 55 años y una mujer de la misma edad, las dos mujeres eran compañeras de trabajo. Hacían el Camino de una forma particular, cuando paraban en una etapa, calculaban donde pararían la próxima y el marido ( Pepe) se adelantaba con el coche para reservar alojamiento, no en albergues de peregrinos, sino en posadas u hoteles. Fue una compañía muy agradable. Recuerdo que la amiga de Angélica, me olvidé su nombre, me contaba que ella había echo parte del Camino hacía 4 años y desde entonces soñaba con volverlo a hacer, que a ella El Camino le había dejado un montón de hermosos recuerdos y una experiencia imborrable en su memoria, hoy me siento muy identificado con ella. Se pasan ratos muy agradables cuando uno comparte con alguien, lo que nos pasaba es que había muchos extranjeros, con los cuales se hace difícil mantener una conversación.

Pepe, Angélica y su amiga se quedaron en Ruitelan pues allí habían reservado, nos despedimos y seguimos nuestro Camino. Debíamos decidir que hacíamos, nos quedábamos una noche más en León o nos arriesgábamos a subir el Cebreiro. El camino se iba cerrando cada vez más y también iba adquiriendo una inmensa belleza, las montañas cada vez las teníamos más encima y no había una escapatoria para esa montaña que teníamos en frente.

Nuestro estado de ánimo era excelente, el haber superado la prueba del día anterior nos había inyectado una dosis de fuerza y optimismo que nos empujaba más allá de nuestro cansancio. También en ese momento lo que sentíamos solo era cansancio, no eran dolencias puntuales, y hasta el momento ninguna ampolla nos había martirizado, cosa que nos extrañaba mucho, pues en los refugios uno veía a casi todo el mundo con ampollas y nosotros en ese sentido estábamos enteritos. Sabíamos que el tramo que nos quedaba era muy duro pero estábamos anímicamente muy bien como para enfrentarlo, así que la decisión estaba tomada: !O Cebreiro, allá vamos!.

En Las Herrerías paramos a almorzar, comimos un riquísimo bocadillo de jamón serrano, descansamos un buen rato y nos preparamos para la escalada. Antes quiero contar que de postre nos comimos las cerezas que nos habían sobrado, pero pudimos comer algunas porque las otras estaban echas puré, pues cuando terminamos de comer al mediodía y decidimos dejar unas pocas para después, como me molestaba llevar la bolsa en la mano, le dije a Nora que me la atara en las correas de la mochila, y con el vaivén del andar las cerezas se aplastaban contra la mochila, yo sentía que me caían unas gotas en las pantorrillas pero pensé que era el agua de cuando las lavamos, pero cuando me di cuenta tenía las piernas rojas que parecían ensangrentadas, me tuve que lavar, en un reguero que hay cuando se entra a las Herrerías, y después Nora en el baño del bar rescató lo que pudo de las machacadas cerezas.

Cuando nos levantamos para partir del bar, parecíamos tullidos, los músculos estaban endurecidos y las piernas no respondían a las ordenes del cerebro, apoyados en nuestro bordón como si fuera una tercer pierna, dirigimos nuestros pasos hacia la montaña. Acá ya no hubo ningún paso salvador, nos quedaban dos horas de Camino siempre subiendo. El camino se transformaba en una pequeña senda en la ladera de las montañas que eran unas escaleras, acá había vegetación, muchas veces el sendero estaba encerrado entre castaños o robles, uno miraba el camino no para adelante como lo hace normalmente, acá el camino se miraba hacia arriba.

Recuerdo, cuando en las cientos de veces que hice el Camino con la imaginación, este era el tramo del Camino que siempre más me preocupaba, pero también el que más me seducía, recuerdo las veces que, tirado en la cama, mirando la guía, pensaba como haría para subir esas alturas, como respondería mi físico a semejante desafío. Y realmente fue un tramo muy duro, y lo tomamos como veníamos tomando las grandes subidas, con mucha calma, y sin apurarnos nunca. Cada pequeño tramo descansábamos 1 minuto y seguíamos a los 100 mts. otro pequeño descanso, recobrábamos el aliento y después seguíamos otro poco así sin prisa, pero sin pausa, llegamos al pueblo de La Faba, un pequeño poblado, colgado en la ladera de la montaña. Ni bien se entra en el pequeño pueblo hay una fuente, que nos vino muy bien , bebimos unos buenos tragos y llenamos nuestras botellitas que siempre levábamos y sin detenernos mucho tiempo seguimos, no era el momento para hacer paradas muy grandes, no podíamos dejar que se enfriaran los músculos a esa altura del día.

Ya el esfuerzo empezaba a dar sus primeros frutos, unas vistas realmente impresionantes, la naturaleza nos regalaba las mejores postales, y a medida que se ganaba altura más espectaculares eran los paisajes. Este lugar lo disfrutamos mucho pues es muy difícil gozar de algo semejante si uno no lo hace de esta manera, pues uno se siente que no está mirando el paisaje desde afuera, sino se siente que uno forma parte del mismo. A veces en contra de nuestra voluntad de no parar, teníamos que detenernos sentarnos un par de minutos, para descansar nuestro corazón y oxigenar nuestros pulmones.

Siempre en subida constante, pero no por senderos tan empinados llegamos al último pueblo de la provincia de León: Lagunas de Castilla, donde se empiezan a ver esas construcciones tan típicas de los Ancares como son las pallozas, construcciones generalmente en forma circular y techo de paja. Nos hicimos sellar las credenciales, compramos dos latas de gaseosa y sin perder tiempo continuamos hacia esa meta que tanto nos estaba costando.

En un momento me di vuelta, y me pareció tan grandiosa la panorámica que tenía desde ese punto que le dije a Nora que se pusiera para sacar una foto, cuando estaba encuadrando, allá abajo veo aparecer un par de peregrinos, me llamó la atención porque desde que habíamos dejado a Pepe y compañía en Ruitelan, no nos habíamos cruzado con nadie, me pareció que era una toma muy bonita para que alguien nos la sacara juntos, así que esperamos a que llegaran los peregrinos para que nos hicieran la foto. Estos peregrinos resultó ser un matrimonio, Juan y María José que después haríamos varios días de peregrinación juntos y nos haríamos buenos amigos, tanto que hoy nos intercambiamos correspondencia.

 

Ancares:
El Camino nos regala una de sus vistas más espectáculares en los Ancares Leoneses casi en su límite con Galicia.

Les pedimos que nos sacaran la foto, cosa que hizo Juan, y al ver el paisaje me pidieron lo mismo, hicimos un tramo del Camino juntos y después ellos se adelantaron. Estábamos ya coronando las cumbres de las altas montañas, un poco para adelante un monolito al lado del Camino nos indicaba que entrábamos en Galicia, con la mirada le dije adiós a mi tierra leonesa y nos internamos en tierras gallegas.

Poco tiempo después, entrábamos en uno de los pueblos que encierran más misterio en todo el Camino: O Cebreiro. Habíamos completado la etapa más larga y difícil de todas cuantas haríamos en nuestra peregrinación, Habíamos superado el reto que suponían los Ancares, estábamos más cerca del cielo que nunca, no en el aspecto espiritual sino geográfico.

Limite León-Galicia:
Monolito ubicado en la cumbre de los Ancares, que marca el límite geográfico de las provincias de León y Lugo.

El pueblo se nos apareció de golpe, pues uno va por una senda entre árboles y de repente sale a lo que es el lomo de la montaña que se puede ver hacia los cuatro puntos cardinales, no hay otra montaña que uno tenga que mirar para arriba , desde O Cebreiro, menos el cielo todo se mira para abajo.

 

Y allí estaba asentado el minúsculo pueblo, no hicimos más que llegar, tratar de ubicar el refugio, cuando un aguacero se desató sobre nosotros sin aviso previo. Lo único que atinamos a hacer fue meternos bajo unos árboles, para poder sacar nuestros chubasqueros de las mochilas, claro que al minuto abajo del árbol llovía tanto como afuera de él, nos cubrimos aunque estábamos empapados, y bajo una torrencial lluvia nos fuimos corriendo a buscar el refugio.

No se si es que estábamos tan cansados que no habíamos reparado que una tormenta se acercaba o que la tormenta vino del otro lado de la montaña que no era visible para nosotros, el asunto que nos agarró de sorpresa y nos empapó. Durante el día a partir de las diez prácticamente no nos había molestado la lluvia en toda la jornada.

El asunto que estábamos en uno de los refugios más espectaculares de todo el Camino. Llegamos y como vieron que estábamos empapados no nos hicieron perder tiempo, nos hicieron dejar las credenciales y nos ubicaron enseguida, eran las 17 hs.. Esta vez conseguimos una litera para nosotros , Nora no tuvo que subir. Era un edificio nuevo, creo que se había inaugurado el año anterior y tenía una capacidad de 80 plazas, distribuidas en cuatro grandes estancias a su vez divididos por tabiques, separando las camas de a 4.

Estábamos muy cansados yo llegué peor que Nora, pero después de 2 horas de cama, estaba muy bien. Como había dicho antes, en la litera de al lado encontramos a los muchachos que estaban en nuestra misma habitación en Villafranca, con los cuales estuvimos charlando un largo rato. Cuando llegamos la estancia en la que nos pusieron, ya estaba casi llena, estaba el chino, el viejo francés, Gerard, había al lado nuestro dos brasileñas que eran bastante ruidosas y ya las conocíamos de antes, María y Antonio que no los habíamos visto en todo el día estaban en otra estancia, habían salido antes que nosotros, y a la salida de Villafranca fueron por abajo por eso no los vimos y llegaron más pronto que nosotros. Juan y María José, paraban en hoteles.

Recuerdo que llegaron poco después que nosotros un grupo grande de ciclistas que venían con apoyo, debían de ser franceses, alemanes, holandese o de esa zona, estos grupos generalmente paran en prados municipales donde arman las carpas que llevan en sus camionetas, y en estas llevan, también provisiones, pero como aquí había comodidad en el refugio, los dejaron parar.

El peregrino a pie siempre tiene preferencia sobre el peregrino en bicicleta, a veces son las tres de la tarde y llega a un refugio un peregrino en bicicleta y aunque haya lugar no se lo aseguran, pues si llega después un peregrino a pie tiene prioridad aunque haya llegado más tarde. No les enumero a todos los peregrinos por que no conozco sus nombres pero a esta altura ya había muchos conocidos, y varios de los cuales iríamos juntos hasta Santiago.

Al lado de nuestra cama había una ventana que daba al NO, la vista que teníamos desde allí era la más grandiosa que cualquier hotel o mirador les puedan ofrecer, no quiero hablar de distancias por que no tengo mucha noción , lo que les puedo decir que se veían como diez valles, cada montaña que estaba atrás se iba viendo un poco más nublada hasta llegar a la última que apenas se distinguía entre las nubes, partíamos de la primer montaña que estaría a 6 km. y se veía nítida , en cualquier dirección que se mirara se veía el mismo panorama, no había nada que obstaculizara la visión solo la niebla y la distancia, y lo especial de esto, es que estando yo tirado en mi cama, esta visión la tenía casi mirando para abajo, yo se que mi descripción tal vez no sea muy clara pero estas vistas espectaculares no son fáciles de describir.

Los muchachos habían ido a averiguar el horario de la misa y quedamos que iríamos juntos a las 20 hs. pero Nora se fue a lavar la ropa y había mucha gente esperando para la lavadora y se nos hizo tarde y al final no fuimos, mientras esperaba que volviera de lavar la ropa me di una vuelta por el pueblo, pues ya había parado de llover. Es un pueblo lúgubre y misterioso, con un trazado y construcciones medievales, sino fuera por alguna expendedora o algún coche uno realmente podría pensar que se perdió en el túnel del tiempo.

Cuenta la historia que hace más de 1000 años en este remoto collado ya existía un refugio de peregrinos, que en el año 1072 el rey Alfonso VI lo agranda y confía su administración a los monjes franceses de Cluny. Para incrementar su magia y su misterio, cuenta con leyenda propia, pues se dice que hacia 1300, un vecino de un poblado cercano subió a escuchar misa en medio de una tempestad, el sacerdote poco motivado en su oficio le despreció el esfuerzo y en ese momento la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre. El cáliz del milagro se encuentra expuesto en la iglesia, una pequeña capilla, también de época medieval. Cuentan que cuando la reina Isabel la Católica pasó por aquí de regreso de su peregrinación a Santiago quiso llevarse el Cáliz del milagro, pero señales sobrenaturales la convencieron para dejar el cáliz en O Cebreiro.

Cuando volvió Nora salimos a caminar y en media hora nos habíamos recorrido el pueblo dos o tres veces, imagínense como es de grande. El cielo seguía muy nublado pero no llovía, el sol pretendía colarse entre las nubes, formando unos arreboles que le daban más espectacularidad al paisaje. A veces cuando busco sosiego o paz interior, cierro los ojos y me imagino que estoy en O Cebreiro.

Después de recorrer el pueblo, fuimos a un restaurante a cenar, comimos caldo gallego de entrada y huevos con chorizo, y vino. Esta vez la comida no me cayó tan bien como otras veces, pero no porque estuviera mal, al contrario estaba muy rica, pero la realidad me sacó el apetito. La mujer que nos sirvió la comida era un poco apocada, si bien no puedo decir que fuera enferma, tampoco puedo decir que fuera normal, y el hijo de los dueños del mesón, sí era un chico deficiente, al que su madre daba un tratamiento que denotaba mucha dedicación y mucho amor. No quiero decir que la presencia de estas personas me hubiera molestado, al contrario, lo que me hizo, fue pensar, y me sentí mal conmigo mismo, tanto que pedimos en la vida, tanto que nos quejamos, tanto que tenemos y no sabemos darle valor, tanto que le exigimos a Dios, y ahí estaba yo en uno de los momentos más felices, enfrentado la realidad del mundo y el sufrimiento ajeno, me sentí mal, no quise ni comer el postre y antes de la hora normal nos fuimos a acostar.

Las señales seguían apareciendo en el Camino de Santiago, para golpearnos allí donde más nos duele. No soy de los que piensan que el Camino de Santiago sea un Camino mágico lleno de señales que nos envía el Señor, pero lo que si estoy convencido es que por el Camino de Santiago nosotros somos más receptivos, estamos más preparados para recibir y entender esas señales, que tenemos a nuestro lado todos los días de nuestra vida, pero no estamos preparados para interpretarlas. El Camino nos eleva espiritualmente, y ahí, en ese estado de espiritualidad, es donde somos capaces de interpretar, las pequeñas cosas que no es capaz de interpretar el común de los mortales. El Peregrino en el Camino, no forma parte del común de los mortales.

 
 
 

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