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"Sueño" Diario de un Peregrino - Etapa VI
 
 


uestro reloj interno nos despertaba siempre a la misma hora, esperamos que partieran nuestros compañeros, y tranquilamente nos preparamos nosotros, a las 7.30 como de costumbre, estábamos en la ruta. Al salir de Triacastela, hay dos opciones a seguir, una por la montaña que es la histórica y otra por la carretera, que pasa por el Monasterio de Samos. Este es un monasterio benedictino cuya fundación data del siglo VI y aún conserva restos del primitivo edificio Mozárabe, el actual edificio es una mezcla de los estilos Renacentista y Barroco y una dependencia se utiliza como albergue de peregrinos para quienes optan por este recorrido. Nos atraía, la idea de visitar el famoso monasterio, pero seguíamos fieles a realizar el verdadero Camino.

Así que cuando salimos del pueblo tiramos hacia la derecha, internándonos en la montaña. El día estaba bueno, medio nublado y aunque no llovió en todo el día estaba fresco. No encontramos un lugar donde desayunar así que pensábamos desayunar en el primer pueblo, pero parece que siempre que pensábamos eso no había un pueblo cercano donde hacerlo, y Nora cuando tiene hambre se pone de mal humor, menos mal que unas galletitas siempre llevábamos con nosotros. El camino de hoy era semejante al de ayer, todo montañoso valles muy cerrados, constantemente subir y bajar, recuerdo que por esta zona había mucha pizarra, todo el piso era de pizarra, todas la sendas de la montaña parecían empedradas, pues no pisábamos tierra, sino piedra, esto hace que la planta de los pies se resientan, sobre todo yo, que llevaba zapatillas de tenis y no calzado de trekking.

 

Fuente de San Xil:
Una fuente enclavada en la ladera de la montaña justo donde más la necesita el peregrino.

Cuando se sale de Triacastela hay una subida bastante pronunciada, y por un tramo se va ganando altura. Al poco de estar caminando por esta senda nos llamó la atención una gran fuente que había al lado de la senda, casi horadada en la piedra de la montaña y con una inmensa concha de piedra que es el símbolo del caminante a Compostela.

Acá está muy aprovechado el poco campo que hay para cultivar, que generalmente son campos en pendiente, pues no existen los campos horizontales. La mayoría de estos tramos tan escarpados, no lo hubiéramos podido hacer sino hubiéramos llevado nuestros báculos. Cuando uno ve generalmente la imagen de un peregrino este va siempre acompañado por el bordón , un palo de una altura más o menos igual a la del peregrino, esta tiene en la punta una agarradera, de soga o de alambre en donde se fija la mano cuando uno tiene que apoyarse para subir una cuesta, igualmente útil es cuando uno tiene que bajar , Nora llevaba uno que nos la prestó tío Ceferino que era del cuñado, y la que llevé yo la fuimos a buscar en el río Tuerto con tía Quica el día antes de salir de San Justo.

La economía parece muy rudimentaria muy de subsistencia, por estos lados de Lugo, no se ven grandes campos sembrados, no hay huertas ni frutales, lo que se ve es forestación. No hay pueblos grandes, los pueblos son conjuntos de muy pocas casas y muchos de ellos parecen semiabandonados o con gente vieja, pasar por estos pueblos era toda una odisea, pues la calle principal del pueblo que es por donde generalmente pasa el Camino estaba siempre tapizado de boñigas, era imposible pasar por estos pueblos sin mancharse todo el calzado, y uno salía con el estómago revuelto de los olores, creo que este es uno de los pocos sacrificios que uno hace a lo largo de la peregrinación. Después de pasar San Xil, pequeño grupo de casas sin ningún servicio se llega por la carretera al Alto de Riocabo a esta altura se sale de la carretera hacia la derecha, donde el C

 

amino discurre todo por una angosta senda de ladera de montaña, poco después de salvar este valle se cruzan algunos pueblos minúsculos, donde lo único que parecía haber eran vacas.

A las 10.30 llegamos a un pequeño poblado , llamado Furela, no tenía bar, pero en una casa medio derruida habían instalado un kiosco, en el que servían café, por supuesto en la calle, como estaba fresco y no habíamos desayunado tuvimos la mala idea de tomar café, era café de pota. Entre el olor que había en la calle y lo malo que estaba el café, nos cayó fatal, creo que fue unos de los peores que he tomado en mi vida.

Poco después pasamos el pueblo de Pintín y después Calvor, ya a esta altura no era terreno tan cerrado, y a las montañas las teníamos un poco más alejadas. Fue un día muy tranquilo y muy descansado, pues fue uno de las etapas más cortas que hicimos, creo que no llegó a 20 km.

 

Prado:
El camino nos regala innumerables postales como la que estamos viendo.

Poco después del mediodía llegamos a Sarria cabeza de Concello, es uno de los pueblos más grandes que se cruzan en Galicia, se tarda un poco desde que se entra, pues como dije es grande. Tiene la estructura de ciudad, pues antes de entrar a la parte urbana, hay huertas, casas quintas, y ya entrando en la ciudad hay un hotel muy importante, el Alfonso IX. Entramos en la ciudad, cruzamos el río Sarria, subimos una gran escalinata y llegamos al refugio. Era la primera vez que llegábamos a un refugio y este no estaba abierto, pues desde las 8.00 hasta las 13.00, generalmente están cerrados, y llegamos a las 12.30 pasadas.

Comparando con las etapas anteriores, bien puede decirse que fue un paseo, pero de todas maneras llegamos bastante cansados, pues fueron un poco más de 5 horas de marcha sin parar nada, entre senderos y corredoiras. Llegamos y hubo que esperar un rato a que abrieran, ya había adelante nuestro alrededor de 15 peregrinos, casi todos conocidos, muchos que habíamos visto en Triacastela, pero que habían tomado el camino de Samos, que se hace más corto. A las 13.00 en punto abrieron, y en seguida nos ubicamos, era un edificio pequeño con 40 plazas distribuido en 3 estancias, y todas las comodidades, baños, cocina , sala, lavaderos, etc., lo que tenía, que era un poco pequeño y estábamos un poco más juntos, pero muy bien preparado.

Descansamos media hora y salimos a buscar un restaurante para almorzar. Sarría es una ciudad atípica española, pues no tiene mucha oferta gastronómica, caminamos un buen rato y no vimos ni un solo lugar para comer. Pasamos por un supermercado, y entramos para ver un poco y comparar precios y ver que cosas distintas hay por esas tierras. Una vez adentro y viendo las cosas que había, decidimos comprar algo para comer en el refugio, y de esa manera lo hicimos, pues compramos jamón serrano, pan, jugos y otras cosas y nos fuimos para el refugio, nos ubicamos en el salón que a esa hora ya no había mucha gente y dimos cuenta de casi todo lo que habíamos comprado, que era una barbaridad. Con el tanque de gasolina lleno, nos fuimos a dormir una buena siesta.

En la cama de al lado mío dormía un suizo que ya conocíamos de varias jornadas anteriores y era conocido en todo el grupo, pues era el peregrino récord entre todos los que estábamos. Hacía 100 días que había salido de Constanza en Suiza, llevaba caminados 2200 km. y a lo largo de las jornadas nos hicimos grandes amigos de él, me llamaba la atención las cosas que llevaba en la mochila, cuando se puso a ordenarla, extendió todo en la cama y casi no quedaba lugar donde poner nada más, no se como hacía para meterlo todo en la mochila. Era una persona muy agradable, algo se podía hablar con él, pues manejaba algo el italiano y chapurreaba algo de español, era un personaje, se llamaba Hans.

También estuvimos charlando con otro peregrino que venía con la familia, después se descompuso y estuvo muy mal, con una diarrea impresionante, de lo cual le echó la culpa al café, que al igual que nosotros había tomado en Furela, las próximas dos etapas mientras la familia fue caminando, el fue en remís, después se mejoró y llegó a Santiago junto con nosotros. Algo desagradable que me acuerdo de este refugio, era la lavadora, pues algún engranaje no debía de andar bien y metía mucho ruido, como el lugar era pequeño se escuchaba en todas partes y era muy molesto. Cuando nos levantamos de dormir la siesta nos fuimos a bañar, yo lo hice primero y mientras lo hacía Nora, después de charlar un poco con Hans, salí a recorrer un poco la ciudad, el refugio está en la parte vieja, que como siempre está en un alto, y hay una bajada muy empinada hacia el río, las calles son muy en desnivel y en otras partes hay escaleras.

A eso de las 19.00 hs. salimos juntos a recorrer la ciudad, estuvimos un buen rato en el malecón, un paseo muy bonito, al lado del río, donde había patos y cisnes, y se veían muchas truchas. Nos llamó la atención, como se preparaba la gente para salir a pasear, pues parecía que era un día de fiesta, y era un día de semana cualquiera, había un ambiente muy bueno, de gente mayor paseando y rapaces jugando, y nosotros absortos en este clima, estuvimos sentados el un banco del paseo más de una hora. Al rato salimos a dar otra vuelta a la ciudad que ya casi conocíamos, y nos llevó un buen rato encontrar un restaurante donde cenar.

Aquí Nora compró unos apósitos muy buenos, pues tenía unas ampollas que empezaban a molestar, protestó porque costaron muy caros, pero fueron la salvación, pues le hicieron muy bien, y a partir de ahí ya no le molestaron más.

Por fin en una calle cortada encontramos un mesón medio escondido donde cenamos, comimos melón con jamón y pulpo a la gallega, nos costó encontrar el lugar, pero valió la pena, pues estaba de rechupete. También de este lugar recuerdo algo que nos llamó la atención. Era un mesón muy bien puesto pero pequeño, atendido por una mujer, y por su hija, que no tendría más de 18 años, por la tristeza que se dejaba ver en los ojos de ambas mujeres uno deducía que no había un hombre en esa familia.

Cuando llegamos nosotros el lugar estaba casi vacío con una sola mesa ocupada, al poco rato se llenó de tal forma que las dos mujeres no daban abasto para atenderlo, entonces una de las mujeres que había llegado a la barra, que debía de ser una vecina, se levantó y cambiada como estaba, se puso a servir las mesas como si fuera una empleada. Como dije antes, uno en el Camino está predispuesto a ver cosas que en otros momentos no nos llamarían la atención, y aquí creímos ver la solidaridad de la gente ante lo que nos pareció un problema familiar muy reciente.

Satisfechos por la comida y reconfortados con el ejemplo de la vecina solidaria, nos fuimos a acostar, faltando 30 mts. para llegar al refugio nos dimos cuenta que todavía seguía el martirio de la lavadora, pero a los diez minutos de llegar terminó, así que después de cambiar unas palabras con nuestros vecinos, nos acostamos y después de agradecerle a Dios el regalo de otro maravilloso día nos quedamos dormidos.

 
 
 

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