| | mpezamos otra nueva jornada a la hora de siempre, antes de salir del refugio desayunamos, pues teníamos cosas que habíamos comprado el día anterior en el supermercado, recuerdo ese día que había una neblina muy cerrada que no se fue hasta después de las 10. Los días eran todos muy parecidos, no por eso eran , aburridos o monótonos, todo lo contrario, parecía que uno le había tomado el gustito a la peregrinación y ya no le metía miedo tener que enfrentar cada día 25 km. de caminata por estrechos senderos, subiendo y bajando montañas, porque les puedo asegurar que 100 mts llanos no se caminan.
A la salida de Sarria se cruza un puente medieval sobre el río Celeiro y después se emprende una subida de 4 kms. hasta Barbadelo por el medio de un bosque. Parece que cada día se ven más peregrinos, pasaron aquellos días de León que nos cruzábamos muy pocos compañeros en un día, a los peregrinos a pie se suman en gran cantidad los de bicicletas y grupos muy numerosos de chicos que deben de ser scouts, de algún pueblo o parroquia y que hacen algunos tramos ó se incorporan en la última parte del Camino. Recuerdo que pasamos por el pueblo de Rente, prácticamente ya no queda nada de él, lo que si quedaba era una muy vieja iglesia hacia donde nos desviamos para que nos sellaran las Credenciales, pero no había nadie. Me impresionaban mucho estas viejas iglesias en esta parte de Galicia, pues para entrar en las iglesias, primero tienes que pasar por el cementerio que estaba en la parte delantera, y daba un aspecto muy tenebroso. Cuando estábamos saliendo del pueblo vemos un paisano que viene en sentido contrario y nos saluda, yo al principio no lo reconocí, pues uno en estos días se cruza con tanta gente, que no los retiene a todos, pero el sí nos reconoció, era Pepe el marido de Angélica, aquellos con quien fuimos caminando juntos por más de una hora en Vega de Valcarce. Estuvimos charlando un rato, le dejamos saludos para su gente y seguimos Camino.  | Fuente: Hermosa fuente, para el descanso del Peregrino. Esta se encuentra a la salida del pueblo de Rente. | La neblina seguía acompañándonos, aunque no era tan cerrada, aún no nos permitía todavía ver el paisaje, al poco de ir caminando entre bosques de pinos y castaños divisamos un recreo con una hermosa fuente donde abrevan los peregrinos. Cuando íbamos llegando vimos que estaba llena de compañeros de aventura, por supuesto casi todos conocidos y entre ellos estaban nuestros amigos castellonenses, Juan y María José, nos alegramos mucho en encontrarlos pues hacía casi dos días que no nos veíamos, y el resto de la etapa la hicimos juntos. No varió mucho el panorama con respecto al día anterior, no cruzamos otro pueblo que merezca ser destacado, todo pequeños asentamientos , con no más de una veintena de casas cada uno de ellos, eso sí sembrado de boñigas. Si bien el paisaje seguía valiendo la pena ser visto, no hay en estas etapas otras belleza que no sean las naturales. A medida que iban pasando las horas se disipaba la neblina y arreciaba el sol, no la recuerdo como una etapa tortuosa, pues si bien el lugar es montañoso, no hay grandes subidas y bajadas. Se nos hizo muy ameno el día, pues al ir charlando con otra gente parece que se pasa más rápido el tiempo, aunque uno a veces prefiere la soledad y el silencio, era gente muy agradable y al menos yo con Juan que siempre íbamos un trecho adelantado de las mujeres, íbamos tramos juntos sin hablar pero sintiéndonos acompañados el uno del otro. Aunque a veces nos separabamos un rato, y nos volvíamos a juntar. Porque el placer de caminar solos, Nora y yo, hablando o en silencio, no tiene comparación. A lo lejos ya en el tiempo recuerdo lo gratificante que fue el Camino en todos sus momentos, en los refugios, en los restaurantes, cuando compartíamos el Camino con algún eventual compañero, pero los que recuerdo como los momentos más plenos, son aquellos en que los dos caminábamos solos hablando o en silencio, es cuando más sentido le encontraba a la peregrinación, solos en medio de un imponente paisaje, solos, es cuando más cerca de Dios me sentía. Después de pasar una decena de pueblitos, y cuando el sol ya empezaba a molestar, desde un alto vimos el embalse de Belesar sobre el río Miño y a su lado Portomarín. Desde que lo vimos hasta que llegamos pasó por lo menos una hora, y fue seguramente la más pesada de la jornada, pues la bajada al Miño es bastante pronunciada y por ende difícil, y después de pasar un largo puente sobre el embalse hay una subida muy pronunciada al pueblo, que si bien es corta, uno a esta hora está muy cansado y todo afecta, más si agregamos que ya hacía mucho calor.  | Portomarín: Vista de este pintoresco pueblo, con la iglesia Fortaleza de San Nicolás hacia el fondo. Nos acompañan Ma. José y Juan, dos peregrinos compañeros de camino. | Llegamos a Portomarín a las 13.30, lo primero que hicimos fue ubicar el refugio que está a la entrada del pueblo, llegamos y justo se había completado el cupo del lugar, pero cuenta con dos pabellones separados por 30 mts., nos mandaron al otro que creo es el colegio que en el verano se utiliza como refugio de peregrinos, antes de ubicarnos, nos sacamos una foto con nuestros compañeros de viaje y ellos se fueron a un hotel que ya tenían reservado. Portomarín es un pueblo pequeño pero muy bonito y muy nuevo. El viejo Portomarín estaba en el fondo del valle a ambos lados del Miño, dividido en dos barrios, San Nicolás y San Pedro, cuando se construyó el embalse, el viejo pueblo quedó bajo las aguas, así que se construyeron nuevas casas para los habitantes, pero con una particularidad; que la iglesia fortaleza de San Nicolás erigida por los monjes-caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén en el siglo XII, se desmontó piedra por piedra para ser reedificada en la plaza central del nuevo asentamiento, aún se pueden ver las piedras numeradas para su correcta ubicación. Hicimos lo que hacíamos todos los días, una vez que nos ubicábamos, salimos a almorzar y lo hicimos en un bar a no más de 60 mts del refugio, y después nos fuimos a dormir la siesta. Portomarín es un pueblo encantador pues aunque es nuevo, encierra la magia de los pueblos medievales, una calle principal con soportales, calles empedradas, la iglesia totalmente de piedra y la paz que solo pueden dar estos pequeños pueblos de montaña. Recuerdo que hacía una típica tarde de verano, cuando empezaba a haber sombra por las calles, salimos a recorrer el pueblo, entramos a la iglesia de San Nicolás, nos sellaron las credenciales, y apreciamos la obra que fue cambiar piedra por piedra semejante edificio. Después de pasear un poco por sus encantadoras callejas y cruzar varias veces su plaza principal, nos encontramos con Juan y María José que también habían salido a gozar de tan hermoso pueblo, nos sentamos en una mesa de un bar en la vereda, compartimos más de una hora con nuestros amigos. Que bien que se estaba, que paz interior y exterior, la mayoría de los parroquianos y transeúntes eran peregrinos, el pueblo se ve invadido de peregrinos, pues es pequeño y tiene un albergue de 100 plazas, además de 3 ó 4 establecimientos entre hoteles y restaurantes que cuentan con camas, y estoy seguro que para esta altura del año está todo lleno. Las tardes pasaban sin darnos cuenta y más rápido de lo que nosotros quisiéramos, lo que puedo decir que en los pueblos donde hicimos parada los conocimos a todos de arriba a abajo. A las 21.00 hs. en punto fuimos a cenar, en el mismo bar que habíamos estado hacía un rato tomando algo, porque es una particularidad que tienen los bares por estas tierras, generalmente todos tienen un apartado o un salón comedor donde sirven almuerzos y cenas, como de costumbre cenamos muy bien, abundante y barato, de entrada ensaladilla con atún y entremeses que compartimos y después una merluza a la plancha cada uno !que bien que comíamos!.  | Portomarín: Lo que se ve en la foto es el embalse de Belesar sobre el río Miño. Antes el pueblo se encontraba bajo el espejo de agua que podemos ver. |  | Cuando salimos de cenar fuimos a dar una última vuelta por el pueblo pues no queríamos dejar de disfrutar un día y un lugar tan hermoso. Fuimos a un parque que hay a la entrada del pueblo, sobre el embalse, donde hay un recreo con mesas y sillas de material, árboles y una vista muy, muy bonita, nos quedamos hasta que las sombras de la noche nos impidieron ver el bello paisaje. A las 22.30 pasadas nos fuimos a acostar. Creo que empezábamos a darnos cuenta que las etapas se pasaban y que aquello se terminaba, se empezaba a cambiar la euforia de una segura llegada a Santiago por la tristeza que significaba levantarse un día y no tener delante de uno 25 km. para caminar. Creo que realmente fue esa noche cuando nos empezamos a dar cuenta, que el Camino de Santiago iba a terminar pronto. Pasaba igual que las vacaciones, que los primeros 10 ó 12 días se disfrutan a pleno, pero los últimos tres días ya no son iguales porque uno empieza a pensar en el regreso, y así nos pasó. | |